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Una vez hubo acabado la guerra, los vecinos de Vank recorrieron las calles de su ciudad y de las ciudades vecinas arrancando las matrículas de los vehículos que sus convecinos azeríes habían abandonado en su loca huida al que a partir de entonces sería el país más enemigo de todos: Azerbaiyán. La región del Nagorno Karabagh se rehacía de una sangrienta guerra con ribetes fratricidas y miraba al pasado común con pesar mientras ansiaba un futuro lleno de luz: serían parte de Armenia. Casi tres décadas después el ‘Jardín Negro’, o Nagorno Karabagh, es un país de opereta, un país y no una región, una nación reconocida tan sólo por Armenia, que controla sus fronteras. Un país medio deshabitado en el que incluso las matrículas de los vehículos abandonados de antiguos vecinos azeríes sorprende al visitante porque pocos saben explicarlo con coherencia.

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Cuando Levon Hayrapetyan abandonó Moscú para volver a su ciudad natal, una remota aldea en el interior del Nagorno Karabagh llamada Vank, nadie imaginó que su obra más duradera tendría forma de barco mítico y que las paredes de su calle reflejarían la luz del sol. Pero así es. Levon es un exitoso hombre de negocios, millonario para más señas, pero sobre todo es armenio y quería que su legado genético perdurara aún más que su apellido. Así que levantó un hotel un tanto kitsch al que llamó Eclectica (aunque los vecinos le dicen Hotel Titanik), donde viven dos chinos (aquí puedes ver una entrevista a los asiáticos), financió una escuela que fijara niños a los semidesiertos pueblos del Nagorno Karabagh y regaló al municipio un molino de madera. Con el tiempo además proyectó la construcción de una academia militar aunque el señor Hayrapetyan no pudo seguir la obra de su último delirio porque fue detenido en Moscú por malversación de fondos, lavado de dinero y fraude. Antes de su detención abrió una fábrica de procesamiento de madera y otra de gravilla. En su inquieta mente, por si no fuera suficiente y según esta entrevista (pincha aquí), planea un hipódromo con cincuenta caballos ingleses y holandeses de raza armenia. ‘Me siento enormemente feliz con cada nacimiento y triste con cada muerte en la frontera’, dice el anciano en la entrevista. El señor Levon está tan preocupado por la despoblación de un país que necesita con urgencia sangre fresca que ofreció la mayor boda celebrada jamás en esta región: seiscientas setenta y cinco parejas se casaron al mismo tiempo y recibieron dos mil quinientos dólares por decir el sí quiero bajo el rito armenio. Como colofón, el señor Hayrapetyan les prometió dos mil dólares por el primer hijo, tres mil por el segundo, cinco mil por el tercero y diez mil por el cuarto, aunque con una condición: el divorcio significaba devolver el dinero. Mirando la edad de la mayor parte de los vecinos no parece que haya tenido mucho éxito aunque nadie sabe si devolvieron el generoso óbolo…

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También restauró el vecino monasterio de Gandzasar, el kilómetro cero del sentir armenio, asfaltó las carreteras y da cobijo a los refugiados de los últimos rifirrafes en la frontera con Azerbaiyan. Su visión pasa por un desarrollo turístico de proporciones bíblicas aunque, todo sea dicho, son muy pocos los que se acercan a esta remota aldea de un sitio que apenas nadie conoce y que, entre los que lo conocen, guarda fama de peligroso por los enfrentamientos con el país vecino, que reclama esta tierra como suya. Aquí puedes conocer algo más de lo que es el Nagorno Karabagh (pincha aquí). Con tan pocos vecinos y turistas tan esporádicos el hotel barco se antoja aún más extraño en este centro de ninguna parte…

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Para terminar su obra, el señor Levon ordenó recoger las matrículas de los vehículos que los azeríes habían dejado atrás en la cruenta guerra de los años noventa, sobre todo en la evacuación de la hoy fantasmagórica Agdam, cuando Azerbaiyan y Armenia se enfrentaron en un terrible conflicto que terminó con esta región, el Nagorno Karabagh, convertida en un país de opereta llamado República de Artshak. Su colegio reluce impersonal aunque moderno en su arquitectura pero el hotel Ecléctica, entre nosotros el Titanik, resulta extraño en su ubicación, un delirio surgido de un sueño ebrio, parece fuera de lugar, como si hubiera aterrizado proveniente de otro planeta. Finalmente tampoco queda claro que el señor Hayrapetyan ordenara la desesperante recolección de placas automovilísticas. ‘Lo hizo él mismo’, me sopla el taxista que me trae desde Stepanakert, ‘no, lo hizo el pueblo por iniciativa propia’, me cuenta un vecino de Vank. Sea como sea, el delirante pueblecito de Vank respira tranquilidad, una calma chicha tan sólo interrumpida por las refriegas de la cercana frontera. Un país recordado fuera de sus fronteras tan sólo por la guerra latente que amenaza permanentemente su paz.

Los vecinos rezan mientras tanto: esperan que el nombre popular del hotel no les pase factura.

El Titanik no puede hundirse porque arrastraría consigo la esperanza de todo el país…

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