Este post se ha leíd1804veces

 

DSC_3271-imp DSC_3273-imp

En la costa de Karfas se reúnen vecinos en los montículos. Señalan al mar con preocupación. Hay varios vecinos en ese risco, otros más en aquel. Miran fijamente el canal que separa esta pequeña isla de Chíos, o Quíos, de la cercana Turquía, apenas a diez kilómetros. En medio hay una goma que arrastra la corriente, parsimoniosa, lenta y enigmática. ¿Habrá naufragado? Los vecinos señalan con el dedo la trayectoria de la neumática, buscan bultos en el agua, observan serios el mar. La goma se hunde conforme avanza por el canal y el sol acelera su ocaso. Cada vez hay menos luz. La goma está cada vez más hundida. ¿Provendrá de un naufragio? ¿Tal vez la haya desprendido la corriente de la costa tras un desembarco exitoso? ¿Vendrá desde Turquía o salió de Grecia? En la playa no hay cuerpos, sólo chalecos salvavidas acumulados de días, semanas, meses. También neumáticas, papeles oficiales mojados, ropa destrozada, trozos indeterminados de cosas. Achinas los ojos, pones el oído, sientes el aire penetrar por cada poro de tu rostro. La costa turca se difumina tras la niebla. El sol se pone y la goma de la neumática se hace más difícil de ver. De pronto desaparece. Los vecinos vuelven sobre sus pasos, llevan la duda en su mente.

¿Habrá muertos? ¿Será una falsa alarma?

¿Realmente le importa a alguien?

DSC_3269-imp

Y entonces cae la noche. El Mediterráneo, que aquí toma forma de Egeo, se difumina también.

Y nos vamos todos sin saber…

DSC_3274-imp