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Agios Jarálambos2

Hace cientos de miles de años los dioses enviaron a la tierra unos enormes pedruscos para que los devotos creyentes pudieran retirarse a sus alturas y meditar. Hace cientos de miles de años por este mismo lugar transcurría un enorme río que desembocaba en la Tesalia pero la corriente se desvió por algún motivo que desconocemos y el macizo que sustentaba la corriente se hundió. Que cada cual elija la explicación que más le guste. Meteora está ahí, y le importa bien poco si nació producto de una gigantesca erosión o de la infinita bondad de los dioses del Olimpo.

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El desconcertante cúmulo de montañas rocosas que se elevan sobre una llanura como sin venir a cuento permanece ajeno a las explicaciones debidas, albergando monasterios misteriosos, rutas turísticas y fotógrafos y documentalistas de medio mundo. Poco le importa el asombro que emana de los desorbitados ojos de los japoneses, ni que la UNESCO nombrara el conjunto patrimonio de la Humanidad en 1988, poco le importó que primero los turcos y después los nazis destruyeran algunos de los monasterios que se mantenían en pie desde finales del siglo XIV. Meteora es un lugar extraño, rodeado de poblaciones somnolientas que tienen un aire a feria en suspenso, esperando que los turistas animen sus calles, vacíen sus cocinas y llenen sus miles de apartamentos.

Roussanou

Varlaam por Hachero

Las columnas naturales surgen de la tierra como proyectos truncados de grandes montañas, a modo de bonsais pétreos que no sobrepasan los seiscientos metros, un conjunto de peñascos de piedra arenisca que tiene sesenta millones de años y un amplio curriculum de erosiones, terremotos, inundaciones y recuerdos de cuando esta región era un mar. Meteora significa precisamente ‘En el aire’ y comprende unas sesenta cumbres que parecen grandiosas chimeneas coronadas, algunas de ellas, por monasterios que tienen entre cinco y diez siglos.

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En el siglo XVI eran veinticuatro los monasterios y ermitas que colgaban de estos emplazamientos imposibles aunque hoy sólo quedan seis habitados por monjes o monjas, según corresponda. La vida en las cumbres se aceleró en 1920, cuando les dio por construir escaleras y con ellas la perdición de su aislamiento y su integridad. Hasta entonces no había más modo de subir que con escaleras plegables o con redes. También usaban enormes toneles de madera que bajaban y subían con poleas y en el que subían la comida. Del monasterio llamado Gran Meteora bajan unos albañiles en un telesférico que no merece semejante nombre porque no es más que una frágil caja de la que sobresalen unas no menos frágiles cabezas.

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Hoy los monasterios conservan sus comunidades de monjes serios y como enfadados, o de monjas cariacontecidas, pero el aire a santidad ha dado lugar a un ambiente de feria turística en el que la tienda de recuerdos tiene tanta importancia, si no más, que los iconos ortodoxos, las paredes pintadas o las recargadísimas capillas. En el interior de los monasterios, siempre previo pago, claro está, se respiran jirones de la paz que disfrutaron los monjes pretéritos, si te lo permite una visita de estudiantes franceses, grupitos de alemanes o estentóreos españoles. Al menos los japoneses susurran su idioma, más que hablarlo, y parecen sombras niponas que compiten con las sombras locales, las de los monjes, que aparecen de cuando en cuando con actitud de poner orden sin llegar a ponerlo jamás.

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Dicen las crónicas que un grupo de monjes encabezados por un tal Athanasio fue el primero en comenzar la construcción de tan extravagante proyecto en el 1344 de esta era, aunque los eremitas más acrobáticos habitaban cuevas, hendiduras y chozas desde al menos tres siglos antes y se reunían los días festivos en una precaria capilla llamada Santa María de la Fuente de la Vida. Pero si es por remontarse a tiempos pretéritos, la cueva de Theopetra fue construida hace la friolera de 23.000 años, veintitrés mil años, digamos que en la Edad del Hielo, una cueva que arroja cada poco cantidad de material paleolítico y neolítico para satisfacción y gloria de los arqueólogos.

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En todo caso, el tal Athanasio Koinovitis (aquí puedes leer sobre su vida) fundó una comunidad sobre un peñasco de más de 500 metros de altura, el de Megalo Meteoro, tal vez echando de menos su comunidad del Monte Athos, de la que fue expulsado. Las leyendas lo engrandecen con historias disparatadas pero no es para tanto, pienso abrumado por la grandiosidad del lugar, porque lo más disparatado de todo es la peregrina idea de construir estos templos en semejantes sitios. Dice una leyenda, por ejemplo, que subió a su primera cima encaramado en un águila. Otra leyenda dice que se instaló en un risco, sí, pero de los más bajos, y que una noche vio demonios flotando sobre su cueva y salió corriendo hacia arriba y más allá. Fuera lo que fuera, Athanasio ascendió lo que no hay escrito para comenzar su monumental obra en las alturas. Al principio vivió con otros nueve monjes de un modo que no era ni espartano, de tan rígido, un mundo en el que estaban prohibidas las mujeres, fuentes de todo pecado para el loco de las alturas.

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Su misoginia llegó al extremo de negarle las bendiciones a las mujeres y a una que tuvo el atrevimiento de insistirle le deseó una muerte rápida (y murió a los tres meses, lo que le granjeó un miedo reverencial entre los vecinos de la época). Si conseguimos olvidar las rarezas extravagantes de este monje que soñaba con la paz de los cielos podremos admirar el insano trabajo de construir enormes escalas de hasta treinta metros y subir ladrillos, maderas y todo lo necesario para edificar este espectáculo monástico. El conjunto además prosperó porque Juan Uros Paleólogo, hijo del emperador de Serbia, rechazó el trono y sucedió al misógino Athanasio. Un hecho que no tiene nada de anecdótico porque la fama del príncipe díscolo atrajo a nuevos monjes, recibieron donaciones cuantiosas de los cristianos de Wallachia y Moldavia, hoy en Rumanía (y me recuerdan, salvando las distancias, a los monasterios de la Bucovina que puedes ver pinchando aquí), y hasta usó la fortuna de la Corona serbia para agrandar el templo original. Eran tiempos turbulentos, tiempos en los que el imperio otomano comenzaba a tomar forma y el Monte Athos, que tenía la fama religiosa que hoy tiene, estaba en peligro, o al menos así lo sentían los cristianos ortodoxos dependientes de la antigua Bizancio. No será hasta entrado el siglo XIX que los templos sufran agresiones físicas que derribaron muros y dejaron monjes convertidos en mártires. Pero eso lo cuento en la segunda parte….

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