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porteadores de Melilla por Hachero

Viaje al norte de África: con los porteadores de Melilla. Por cada quince euros que ganamos a este lado de la frontera, los marroquíes del norte de África ganan uno. Por cada ciento cincuenta euros que ganamos a este lado de la frontera, los marroquíes ganan diez. Y así hasta que nos aburramos de hacer cuentas. Porque la proporción es esa: quince a uno. Es la mayor diferencia de las fronteras de la UE (link aquí), y la explicación de la colorida, extravagante y humillante carrera que ven mis ojos. Una carrera de abuelas, de abuelos, de adolescentes, de jóvenes, de paralíticos, una carrera de porteadores medievales que se asemeja a la migración del ñu a su paso por los ríos del Serengueti, una competición de escarabajos peloteros arrastrando sus bolas de barro, una carrera de hormigas enloquecidas por el sol.

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porteadores de Melilla por Hachero

¡Pero no! ¡Son seres humanos!

porteadores de Melilla por Hachero

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¡Son abuelas! ¡Algunas puede que incluso sean bisabuelas! ¿Cómo no sentir lástima ante este espectáculo tan colorido, intenso y pintoresco como deprimente y humillante?

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A las ocho y veinte se disponen en una imaginaria línea de salida, vigilados atentamente por un puñado de agentes de la guardia civil que contempla el espectáculo desde la sombra de las garitas. Unos vigilantes marroquíes, elegidos por los propios agentes (hartos de que les atropellara la turbamulta en movimiento), dotados de petos fluorescentes al borde de la desintegración, y pagados por los dueños de las mercancías, controlan el proceso: que nadie se salte la cola, que el listo de turno no trate de empezar la carrera cuando nadie la ha empezado, que no se empujen ni se trastabillen. Y de pronto suena el silbato y la carrera, La Carrera, comienza. Las abuelas empujan los pesados bultos a modo de escarabajos peloteros. Los jóvenes, más avispados, usan pequeños monopatines de fabricación casera para avanzar más rápido. Los abuelos arrastran con dolor los paquetones. Veo caras de tormento, rostros descompuestos, llantos y lágrimas, frentes perladas de angustia. ‘Ganarás el pan con el sudor de tu frente’, recuerdo entonces al gracioso de Yahvé mientras veo dónde terminó su maldición: en la frontera de Melilla. Concretamente en el paso del barrio chino.

porteadores de Melilla por Hachero

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Porque estos abuelos y abuelas, estos chavales y chavalas, hombres derechos y mujeres derechas llevan desde la madrugada en el barrio chino, recogiendo bultos. Los comerciantes los han embalado con ropa vieja, con zapatos usados, aunque también hay ropa nueva y zapatos sin gastar. Y lo embalan con tanta precisión que cada uno de estos bultos puede pesar hasta ochenta kilos. Los hay menores, de unos cincuenta kilos, pero no menos porque entonces no hay negocio. Un negocio que no es sólo de ropa: veo neumáticos usados, trozos de vehículos, neveras de las grandes, lavadoras, pilas de sillas de plástico…

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porteadores de Melilla por Hachero

¿Y por qué?, se preguntará atónito el testigo mientras contempla la desconcertante carrera.

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Pues porque lo permite la legislación marroquí, donde una extraña norma permite pasar por la frontera sin pagar impuestos todo lo que aguante el cuerpo sin tocar el suelo y sin ayuda de carretillas u otras formas de transporte. Por eso los jóvenes que astutamente usan monopatines caseros los abandonan antes de cruzar la frontera: así no pagan tasas.

Por eso corren frenéticos como hormigas tropicales: así pueden volver a entrar y llevar otro bulto.

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‘Cinco euros por viaje’, me dice una simpática señora en un castellano precario y sibilante. ‘Cuatro euros’, me dice un muchacho de veintiún años. ¿Y cuántos viajes hacen? ‘Dos o tres’, me dice la simpática señora. ‘Tres o cuatro’, me dice el muchacho. ¿Y cuánto tiempo tardan en entrar y volver a salir? ‘De dos a tres horas’, me dice el chaval mientras me dispongo a multiplicar: si entra cuatro veces y gana cuatro euros por trayecto los beneficios son de dieciséis euros pero debe darse prisa para que le cunda porque la frontera cierra a las tres. Y hablamos de una economía que mueve unos 1.400 millones de euros al año entre Ceuta y Melilla….

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Es una multitud, colorida, como decía, extravagante, recuérdenlo, humillante: no lo olviden. Son cientos de porteadores pero entran y salen con tal frecuencia que la guardia civil te da una cifra diaria que engloba a cada uno de ellos varias veces: cinco mil sólo en este punto. Allá veo a un señor vestido con chandal que porta, además de su bulto, dos muletas a la espalda: ¡¡le falta una pierna!!

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¿Y a dónde van esos bultos?

¡¡Pues a los mismos comerciantes que los embalan!!

Los comerciantes son españoles que les preparan el paquetón, los adjudican y les quitan el pasaporte a los porteadores. Como no lo necesitan para entrar en Marruecos y sí en España pueden recorrer el camino sin problemas, y al llegar un montón de furgonetas les esperan para recuperar los bultos y devolver el dinero y el pasaporte.

¡¡Y todos contentos!! Los comerciantes no han pagado tasas, los porteadores se han ganado todo tipo de tendinitis y unos euros, los bultos no han tocado el suelo marroquí…

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