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Dragan, el yazidí, me enseña su billete de ferry a Atenas

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En el Jardín Municipal de Chíos las estatuas de los prohombres locales tienen calcetines mojados sobre sus cabezas y cordeles a modo de tendederos que los unen con figuras en granito de personajes míticos. Bajo las palmeras crecen tiendas de campaña repletas de familias cariacontecidas y de niños revoltosos que empuñan juguetones palos con los que cazar naranjas amargas. A la sombra de la vegetación descansa una familia. ‘Venimos de Sinjar’, me dice Dragan, ‘hemos tardado más de un año en llegar hasta aquí’.¡¡De Sinjar!! ‘Somos yazidíes y tuvimos que huir cuando los yihadistas del Daesh ocuparon la región’. Dragan habla de ejecuciones masivas, del terrible éxodo de miles de familias, de recorrer casi toda la Anatolia y de sus meses refugiado en Diyarbakir, la capital oficiosa de los kurdos. ¡¡Ya es raro ver un yazidí fuera de oriente medio como para encontrarse decenas en la plaza del pueblo!!
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‘No pienso volver a Sinjar, me pongo malo solo de pensarlo’, me cuenta Dragan, ‘además allí no queda nadie: los han matado a todos’. La conocida como batalla del monte Sinjar, en la que los yihadistas sitiaron a cincuenta mil personas sin agua ni alimentos, terminó con el hogar ancestral de los yazidíes y ha dejado a un número aún por determinar enterrados en grandes fosas comunes que sólo ahora comienzan a descubrirse. Dragan y los suyos escaparon de aquel terrible destino. ‘Sólo queremos llegar a Alemania y que nos dejen en paz’…
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De esta ciudad donde acampan, Chíos, habló Herodoto y habló Estrabón, se dice que fue la patria de Homero y sufrió una de las escenas más desagradables de la guerra entre griegos y turcos, la llamada Masacre de Quíos, cuando el emperador otomano ordenó matar a todos los hombres mayores de doce años, a todas las mujeres con más de cuarenta y a los niños menores de dos. El resto fue esclavizado y los muertos se calculan en veinticinco mil. Una tragedia que horrorizó a la comunidad internacional y rescató la pasión por el helenismo en toda Europa. Curioso que sea sobre este suelo donde la familia yazidí languidece soñando con su viaje a Alemania después de sufrir una serie de matanzas tan horribles como las de los griegos dos siglos atrás.
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Los yazidíes son kurdos que aún conservan la religión habitual entre los kurdos de hace cuatro mil años. Una religión que es un extraordinario reducto de la antigüedad emparentada con creencias persas, como el zoroastrismo, a la que se superpuso el islam sufí del asesino de Alí, el nieto de Mahoma y origen de la ruptura del Islam entre sunitas y chiítas, el califa Yazid Ibn Muawiyah (de ahí lo de yazidíes, aunque hay quien dice que el término viene del persa Ized y que entonces significa ‘Adoradores de Dios’). Un lío demasiado importante como para que esta pobre gente salga indemne y que les ha tenido durante siglos viviendo casi aislados en pequeñas comunidades dispersas al norte de Irak y Siria y al sudeste de Turquía.
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A los yazidíes no los ven con buenos ojos los chiítas, porque siguen al asesino de su líder. Pero tampoco los sunitas, que los ven como herejes. Tampoco se fían los cristianos porque piensan que adoran al demonio. El caso es que la mezcla de religiones y tradiciones ancestrales les ha configurado una religión cuanto menos llamativa: creen en siete ángeles sobre los que supuestamente Yasdan, o Dios, descargó los asuntos del mundo. Entre ellos destaca el ángel principal, Malak Tawus, o el Ángel Pavo Real, o también, según cristianos y musulmanes, el mismísimo Lucifer, al que Dios dio vida a partir de su propia iluminación. Según los yazidíes, estos siete ángeles fueron enviados a la tierra para recoger el polvo con el que luego habría de crearse Adán, aunque Malak se negó a adorar a ese ser debilucho y Dios lo castigó enviándolo al infierno. El ángel caído se pasó entonces siete mil años llorando y con tanta lágrima consiguió apagar los fuegos del averno por lo que el infierno tal y como lo conciben los cristianos, por ejemplo, no existe.
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Unas creencias extrañas y polémicas que los han mantenido en un tradicional ocaso del que es difícil salir porque, por si fuera poco, uno puede nacer yazidí pero no convertirse porque esta religión no admite conversos. Extraño culto que admite el bautismo y algo parecido a una comunión con pan, como los cristianos, y que ayunan como los musulmanes aunque celebran el fin del ayuno con vino. Su Dios supremo se llama Yasdan pero es tan excepcionalmente elevado que sólo se le puede adorar de modo indirecto y es más fácil centrarse en sus siete ángeles.
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Por si quieres leer algo más sobre los yazidíes:
– Antonio Aguilar, un viajero mayúsculo, estuvo con ellos en el norte de Irak antes de la guerra: http://www.historiasdenuestroplaneta.com/los-adoradores-del-diablo-en-irak/
– Tienen su propio servicio de prensa (en inglés): http://ezidipress.com/en/
Difícil destino para esta gente, me digo: los chiítas los odian porque reverencian al asesino de su líder, el nieto de Mahoma. Los sunitas los odian porque adoran al que consideran un ángel caído. Los cristianos los desprecian por esto mismo. Los locos yihadistas del Daesh además los exterminan porque no quieren religiones minoritarias que no están dispuestas a integrarse en el islam. Perseguidos desde siempre, los yazidíes son una rareza histórica, una rareza genética y un milagro de supervivencia: desde los otomanos, Sadam Hussein o Daesh, no hay poder que no haya intentado acabar con ellos, y de los millones que antes compartían esta religión hoy no quedan más de setecientos mil (sin que sepamos aún cuántos ha asesinado el Estado Islámico)
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‘Nosotros vivíamos a las afueras de Mosul’, me cuenta Dragan, ‘y ahora queremos llegar a Alemania’. Tengan cuidado, les queda mucho camino, muchas fronteras, el frío de los Balcanes, la policía de países como Hungría que tienen la mano rápida para pegar a los indefensos. ‘No se preocupe por nosotros’, dice, ‘nada puede ser peor que lo que dejamos atrás…’
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