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el enfermo kurdo de Kobani

Tumbado en la carretera que lleva de la pequeña localidad de Nenita hasta la playa yace un hombre. Está tumbado a mitad de camino, y son cuatro kilómetros de una empinadísima cuesta arriba. El hombre yace en el suelo, como digo, tapado con una manta. Una mujer intenta convencer al conductor de un vehículo que se ha parado mientras que un niño descansa sentado al lado del cuerpo yacente. Sigo mi camino cuesta abajo porque acaba de llegar una embarcación repleta de refugiados sirios. Cuando llego ya no hay nadie. Al subir vuelvo a encontrarme al tipo tumbado pero se ha levantado y está subiendo a un coche. Volveré a verlo arriba, en la plaza central de Nenita, en la isla griega de Chíos. ‘Tengo cáncer’, me dice el muchacho, su piel apergaminada, tocado con un gorro de lana calado hasta las cejas, amarillos sus ojos y amarilla su piel, el rostro salpicado de úlceras. ‘Cáncer de hígado’, me cuenta, ‘ya se ha extendido mucho’.

el enfermo kurdo de Kobani

Entiendo ahora que yaciera en el suelo, que el esfuerzo lo superara. ‘Soy de Kobani’, sigue relatándome, ‘y me llamo Sheval Abul’. ¿Kobani? ¿Esa no es la ciudad que martirizó el Estado Islámico, o ISIS, o Daesh, o como quieran llamarlo? ‘Sí señor, esa misma’, responde sonriente, ‘no queda nada en pie pero mientras hubo médicos permanecí allí’. Sheval suspira fuerte y prosigue, ‘pero el último doctor se fue hace poco y decidí que no podía permanecer tumbado en una cama esperando la muerte’. ¡Cómo?, ¿tienes metástasis de un cáncer de hígado y te has venido hasta Grecia?. ‘Sí señor, andando’. ¡¡Cómo no admirar a este muchacho, amarillo y apergaminado, caminando desde el destruido norte de Siria, un hombre que ha atravesado la Anatolia hasta la costa truca en un viaje de cientos de kilómetros, sin medicación, sin cuidados, cargando un cáncer como un demonio!! ¿Alguien puede imaginar los intensos dolores, los mareos, las pocas ganas de vivir que tiene un enfermo terminal de cáncer? Recuerdo entonces la embarcación que pudo ser la suya, desinflada sobre un lecho de rocas, y se añade dramatismo al relato: enfermo, mojado, apretujado, dolorido. ‘Llegaremos a Alemania’, dice su madre, siempre a su lado, ‘allí hay buenos doctores y curarán a mi hijo’. Lo abrazo emocionado, les deseo suerte. Por delante tienen un trayecto de ocho horas en ferry hasta Atenas, un trayecto de diez horas en autobús hasta la frontera con Macedonia, dos larga esperas a ambos lados de la frontera, un trayecto de dos horas en taxi, o tres en autobús, o casi cuatro en tren, hasta Serbia. Y allí otro trayecto de…

Sheval sube al autobús y se despide con la mano…

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