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Es sólo un milímetro. Un milímetro de goma elástica. Un material flexible, maleable, dúctil. Un milímetro de distancia que puede separar tanto como los muros más altos. De este lado del milímetro: Nosotros. Frente a eso: los Otros. Y no es para menos porque esos tipos que llegan del Lado Tenebroso del Estrecho de Gibraltar son portadores potenciales de las enfermedades más terribles. Tuberculosis, malaria, ébola, sarampión, varicela, cólera, hepatitis o rubeola. Triquinosis, tifus, tos ferina, sífilis, toxoplasmosis, sida, lepra, gripe hemofílica. Pueden traer piojos, sufrir sarna, castañetear los dientes por hipotermia, cojear por las quemaduras del gasoil de la embarcación. La lista es tan larga como los miedos que podamos tener. ¡Qué menos que poner distancia de por medio! ¡Aunque sea un milímetro!

Por eso la Organización Mundial de la Salud aconseja el uso de medios que impidan su propagación y el servicio de prevención de riesgos laborales de la subdirección general de recursos humanos de la policía nacional elaboraron en su momento una guía de recomendaciones sobre cómo actuar. Por ejemplo, ante la amenaza del ébola, como puede verse aquí abajo.

Información dirigida sobre todo a los equipos de rescate y a las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado encargados de su detención, identificación y traslado. El sudor, las lágrimas, la saliva, los vómitos, la sangre. El semen. Cualquier fluido constituye un riesgo en potencia y cualquiera, lógicamente, se afanaría en evitar llegar a casa enfermos.

Para todo ello están los guantes de goma y las mascarillas. Para evitar que enfermedades largo tiempo olvidadas en Europa recuperen terreno perdido. Según un informe de la Cruz Roja el 82.05% de los migrantes llegan a España sin enfermedad alguna y el resto tiene alguna enfermedad infecciosa, sobre todo hepatitis B, que es contagiosa. Es decir, de cada cien inmigrantes diecisiete pueden pegarte una enfermedad contagiosa y eso es una ruleta rusa demasiado poderosa como para prescindir de ese milímetro. Un milímetro que evita sustos y que facilita el trabajo de los agentes y de los voluntarios.

Pero esos guantes de goma tienen un efecto alternativo, inesperado. Si bien desvirtúan el tacto y convierten el contacto en algo impersonal, también pueden convertirse en un puente de roces imprevistos. Porque, ¿qué muro es capaz de separar a hombres hechos y derechos de niños cansados y temerosos? Los guantes de goma son objetos mágicos que toman forma con un par de soplidos potentes, que suavizan las formas del látex, que se inflan en círculos azules que flotan impávidos sobre el aire viciado de una nave abarrotada de gentes y gérmenes. Los guantes sobrevuelan las cabezas de los marroquíes, de los cameruneses, de los guineanos, de los bengalíes, de los marfileños. De repente, ¡África entera parece estar soplando!

Y acaban a los pies de Omar, de Etienne, de Joseph, que lo patean como si fueran M’Bappe, Dembelé, Eto’o, Yaya Touré, Drogba… Un agente de la guardia civil le enseña el truco: aprieta y sopla. El agente sonríe, el niño sonríe. Ya no es guardia civil, no es agente: es otro niño que comparte confidencias de juegos. Y el niño olvida que ha venido andando desde Costa de Marfil, que ha cruzado desiertos, selvas y montañas, que ha pasado hambre, se ha roto huesos o que nació no sabe ni dónde sin que su madre quiera decirle ni quién es su padre. Olvida, como dije en este post, que son niños de ningún lugar.

Sopla aquí, le dice el agente, y el niño sopla con fuerza, atento siempre al uniforme verde, y el guante, que ha servido para evitar que el dengue y el sarampión y el cólera y el tifus y el ébola salten de una piel a otra, sirve ahora para unir en lugar de separar. Une con un juego, con un deporte, con una maldad inocente, con un espacio común. El niño sonríe, sus amigos sonríen, sonríen las madres agrupadas tras una valla amarilla como podrían estarlo bajo un baobab, el grupo crece y ya es casi un equipo de fútbol. Los inmigrantes que están tumbados en el suelo con cara de agobio sonríen de pronto. Las madres sonríen, sonríen los guardias, los voluntarios. Sonrío yo. Y el globo flota, para espanto de la OMS, de los xenófobos, de los ultras, de los escrupulosos, y devuelve al niño, potencialmente un saco de virus, a su condición primera, única, extraordinaria. La de niño.

El milímetro se expande hasta el límite, ya no es un guante sino una ubre azul que flota ralentizada como en las repeticiones de los partidos de fútbol. Omar abandona la nave pesquera donde se acumulan los inmigrantes cargado de juguetes y con la ilusión de sus cinco años. Está cansado porque un partido de fútbol con una pelota de goma que flota ingrávida cansa mucho más que un partido normal. Los agentes se despiden tras su muro de un milímetro y Omar sube al autobús sonriendo. Desde la ventana me saca la lengua. No hay riesgo de contagio. El grosor del vidrio es de casi cinco milímetros.

Ahí caben cinco guantes de látex, cinco pelotas voladoras, cinco partidos internacionales.

Cinco guantes, cinco niños, cinco agentes.

Cinco vidas.