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Bajo la ciudad de Nápoles existe otra ciudad de Nápoles a la que nunca llega la luz. Se accede por húmedos pasadizos de escaleras resbalosas, estrechos corredores no aptos para obesos y serpenteantes callejuelas subterráneas que desembocan en inesperadas y enormes estancias que en otros tiempos fueron cisternas para almacenar agua. Porque Nápoles, toda su región y todas sus tumbas, las tierras adyacentes a los volcanes, las ciudades congeladas en el tiempo de Pompeya, de Herculano, de Estabia, tiene algo en común: la roca volcánica.

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Para llegar al Nápoles subterráneo hay que caminar por pasadizos tan estrechos que es preciso meter tripa…

La tierra sobre la que se levanta Nápoles no es tierra sino roca en capas alternas con cenizas compactadas provenientes de las erupciones que desde tiempos inmemoriales han sacudido la comarca de la Campania. La más antigua ocurrió hace más de doscientos mil años, luego hubo otra cuarenta mil años después, la más recientes hace solamente, y nada menos, que quince mil años. Alguna fue tan estrepitosa que se cree que influyó en la extinción del hombre de Neandhertal… Así que estas cuevas conectadas entre sí provienen de lo que se conoce como Campos Flégreos, una zona volcánica considerada de las más peligrosas del mundo que esconde un enorme reducto de roca volcánica amarilla utilizada desde la prehistoria como cantera para la construcción. Una auténtica caldera, de hecho la mayor del mundo, que ha dado forma a toda la bahía de Nápoles a lo largo de la historia y que podría estallar en cualquier momento.

Los griegos descubrieron el material con la curiosidad del que encuentra un juguete nuevo y se liaron a esculpirla, darle forma, encontrarle nuevos usos maravillados como estaban con la ductilidad y manejabilidad de un producto con múltiples posibilidades. Y tan entusiasmado estaban que les dio por fundar una ciudad sobre la roca de los mil usos y la llamaron Ciudad Nueva. O Neápolis. Los romanos expulsaron a los griegos pero se quedaron con sus ideas sólo para darles una dimensión nunca vista antes. Y la piedra que maravilló a los griegos encontró un nombre gracias a sus nuevos señores. Tufo la llamaron.

Las canteras de piedra y las cisternas subterráneas se convirtieron entonces en un intrincado sistema de acueductos bajo tierra unidos por túneles en los que se regulaba naturalmente su almacenamiento. Una obra de ingeniería que alcanzó la friolera de 170 kilómetros. La Nápoles del subsuelo debía de bullir en aquella época de actividad: obreros en las canteras para construir los edificios de arriba, corrientes de aguas subterráneas que más bien eran ríos, cristianos excavando recovecos para rezarle a su dios prohibido, enterrar a sus muertos, soñar con el cielo desde el subsuelo.

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Algunas cisternas están llenas pero sólo como ejemplo para los visitantes

Pero el Nápoles subterráneo tenía un problema: aperturas a ras de suelo que permitían el paso de técnicos para solucionar atascos pero también la caída libre de basuras que los vecinos de la ciudad arrojaban sin miramientos. El interior se llenó en según qué lugares de restos que naufragaban en las rápidas corrientes que los sobredotados ingenieros de la Antigüedad habían creado con tanto mimo. El agua fluía por toda la ciudad nueva, eso es cierto, para solaz y alegría de sus vecinos, eso es indudable. Pero también es cierto e indudable que las repetidas epidemias que sufrían esos vecinos tan solaces y alegres tenían un origen tan misterioso para ellos como evidente para nosotros.

A mediados de la década de 1880 una terrible epidemia de cólera fue la guinda para los napolitanos y las autoridades descubrieron que sus enfermos ciudadanos eran víctimas y responsables al tiempo de tanta muerte desagradable. Muchos de esos muertos acabaron en otra cantera de piedra tufo que hoy alberga un lúgubre cementerio de calaveras lleno. Se acabó el acueducto romano que con tanto mimo llevó agua a cada rincón de la ciudad, sus entradas se sellaron, el sistema de tuberías naturales se desvió y las poderosas cisternas se vaciaron. Nunca más, debió decir el alcalde.

Claro que no podía saber que unos años después los napolitanos mirarían abajo con esperanza mientras miraban arriba con temor. Los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial fueron la versión moderna del Vesubio destruyendo Pompeya aunque los modernos romanos sí tuvieron tiempo y conocimiento para ponerse a buen recaudo. Dicen que se llegaron a habilitar hasta 436 refugios y que nada menos que doscientas mil personas podían encontrar acomodo en esta intrincada red de túneles. Las letrinas dan buena fe de ello y Rocío, una madrileña que ejerce de guía en las entrañas napolitanas, me señala las máscaras de gas: ‘no eran para las bombas de arriba sino para los malos olores de abajo…’

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Las letrinas dan cierta grima y las máscaras adquieren su verdadero sentido frente a esos retretes deteriorados

Porque el cielo no escupió lava como dos mil años atrás sobre Pompeya sino bombas de gran tamaño en unos doscientos bombardeos inmisericordes sobre la ciudad: tanto de aviones nazis, primero, como de aviones aliados, después. Bajo el suelo napolitano se escondió prácticamente toda la población, incluido un tal Giorgio Napolitano, que con el tiempo llegaría a la presidencia de la nación. La guerra fue tan devastadora que los napolitanos incluso cegaron con recias columnas los pozos que no sellaron el siglo anterior para evitar que alguna bomba despistada se colara y causara una matanza.

Los napolitanos son gente intensa, capaz de dormir a cuarenta metros bajo el subsuelo, capaz de organizarse en enrevesadas familias que dominan el cotarro a base de chantajes, amenazas y asesinatos, capaz de reivindicar lo suyo como nadie más es capaz de hacerlo, así sea cutre, descuidado y horrible. Tal vez por eso el napolitano es medalla de oro al valor militar, entendido así y sin más: el napolitano. Porque entre el 27 y el 30 de septiembre de 1943 toda la población napolitana salió a la calle en lo que se conoció, y se conoce, como ‘los cuatro días de Nápoles‘, y consiguió a base de narices expulsar al ejército nazi mucho antes de que la segunda guerra mundial terminara en Italia y mucho antes también de que las grandes ciudades europeas se sacudieran el yugo de los indeseables nazis.

Cosas que siguen ahí abajo: juguetes infantiles, máscaras antigás, cochecitos…

Todo comenzó con el absurdo asesinato de un joven marinero que bebía en una fuente: los vecinos que vieron el crimen se liaron a tortas con los nazis, les quemaron el coche, la voz se corrió de barrio en barrio, entre tendederos, entre altares callejeros, los napolitanos emboscaban a los soldados alemanes, les tiraban muebles, tejas, agua hirviendo desde las casas, les ponían bombas, se enfrentaban abiertamente con lo primero que tenían a mano. Hay quien dice que la chispa fue otra, las razzias para llevarse jóvenes como mano de obra esclava a Alemania y la respuesta de madres y novias al grito de ‘los hombres no’.

Después de cuatro días de infierno, los alemanes abandonan la ciudad. Los napolitanos siguen durmiendo bajo tierra, sufriendo las carestías de la guerra, mirando al cielo con horror. Pero los nazis se han ido. Aburridos. Aún faltarían años para que la guerra acabara en el resto del mundo. En Nápoles ya había acabado y los vecinos comenzaron a salir a la luz. Muchos continuaron durmiendo en las calles durante años, incluso con la guerra terminada, por miedo a que se les cayera algún edificio dañado encima.

Bajo el subsuelo de Nápoles hay otra historia: el tufello. Un vino dedicado a Santa Patricia que se maceramaceraban bajo tierra los monjes del convento de San Gregorio Armeno. El vino comenzó a venderse con un sorprendente efecto milagroso: la mujer que lo prueba se quedará embarazada. Con el tiempo se conoció el truco. Las bodegas eran el centro de varios túneles que comunicaban monasterios masculinos con monasterios femeninos. Las monjas tenían su excusa: ha sido el vino. El tiempo ha demostrado que el vino puede ser milagroso, pero no tanto.

Por último, y por si no hubiera ya bastantes sorpresas bajo el suelo napolitano: una plantación de orégano. ‘Para las pizzas de algunos comercios de arriba’, me dice Rocío. Es un experimento pero resulta y ya que se cultiva y crece, qué menos que usarlo…